El hermano Romaguera


El último ermitaño de los montes valencianos

Lo conocimos durante una excursión en bici. No había forma de encontrar el camino de vuelta, aunque estaba seguro que íbamos bien orientados. Anochecía y, como siempre, llevamos al límite nuestras horas de luz. Al final de la pista forestal, una extraña construcción, mitad ermita mitad caseta de campo, parecía habitada. Una tenue luz era visible desde abajo por lo que decidimos acercarnos. El acceso a la casa estaba abierto. Una campana sobre el estrecho sendero quedaba colgada de un arco oxidado sobre una puerta inexistente. Decidí subir mientras el resto del grupo se quedó esperándome.

Jamás olvidaré la primera visión que tuve de Romaguera. Apoyado en la pared del oratorio, rosario en mano, la barba larga y gris, vestido con un carcomido y descolorido hábito de franciscano, dormitaba plácidamente mientras las últimas luces del día recortaban su perfil. Al fondo, el Benicadell resaltaba la escena como un cuadro surrealista donde el tiempo parecía haberse detenido.

No pareció sorprenderse cuando abrió los ojos, a pesar de mi aspecto de haber caído en paracaídas. Casco, mochila, gore tex azul y ajustadas mallas negras no era precisamente la indumentaria más adecuada para presentarse ante un ermitaño que acababa de despertar, meditar decía él, de una profunda ensoñación y vivía en la más absoluta soledad.

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– Che! Qui eres? D’on bens? Que es aixó que dus al cap?
– Pare, sent haver.lo molestat. Ens em perdut i no trobem el camí per anar a Benigànim.
– No soc pare, soc hermano. L’església no em reconeix, pero jo soc franciscá i vixc en la pobrea i soletat com a ermità. Tú qui eres, un marciano?
– No pare, dic hermano. Sòc ciclista i ens agrada recorrer la muntanya amb la bici.
– Che, no degeu estar molt be del cap. Per aixó dus eixe gorro tan estrany de plàstic roig. A estes hores per la serra, no teniu por als rabosots?
– No hermano. Tenim por a quedarse sense sopar.

Romaguera nos indicó el camino de vuelta, un antiguo azagador ya cubierto por la vegetación. Quedamos en volver otro día a comer con él, más por curiosidad que por agradecimiento. Así podríamos conocerlo mejor

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– ¡Traed chuletas y vino! -nos gritó a lo lejos- y que sobre algo. Yo os prepararé las brasas.

Volvimos en petit comité un par de veces mas: hablaba y hablaba sin parar, propio de los personajes solitarios que pasan semanas sin ver a nadie. En una ocasión estaba haciendo él sólo una procesión por la montaña. Le ayudamos a llevar la pequeña virgen a hombros y la paseamos por la sierra. Nos obligó a cantar. La procesión presidida por Romaguera era, eso sí, multicolor. Los improvisados cofrades vestían maillots amarillos, mallas ajustadas y cascos de colores.

Le llevamos la comida. Romaguera preparó el fuego a media mañana y asó en las brasas las chuletas a nuestra llegada. A la vuelta de la excursión, un grupo de amigas y amigos en buen ambiente y armonía, acompañamos al ermitaño en el que, según nos dijo,  fue uno de los días más felices de su vida. Cantaba sin parar, subía encima de la mesa, se bebió él solo la botella de Fra Angélico.

– Este es un hermano com vosté -le dije- que també viu tot sol en la muntanya y fa licors.
– Che que bo! Fa gustet a avellanes!

Nos contó sus experiencias en televisión, nos contó también como iban a buscarle a la ermita, en taxi, y le pagaban la estancia en hoteles de lujo que él jamás hubiera imaginado. Se sentía defraudado porque todas sus palabras, todos sus argumentos, eran manipulados y tan sólo extraían fuera de contexto las frases mas punzantes, las que eran objeto de burla o chiste fácil.

– No vuelva más allí hermano. La televisión sólo le hará daño.

También aquella vez que se rompió las dos rodillas por querer saltar un bancal, y tenía que colgarse de un olivo para hacer sus necesidades hasta que le encontraron y le llevaron al hospital. Y como apedreaba aquella retro que poco a poco iba devorando su montaña. Le hicimos varios regalos que llegaron a emocionarle: un forro polar, un gorro de lana, unos guantes para el invierno, una gran foto suya enmarcada y un libro en el que se hablaba de él y aparecía su foto.

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– Che, si soc jo! Com pot ser? En un llibre! Y estiraba la página para comprobar que no era un imagen pegada. Romaguera lloró. Lloró de emoción porque se dio cuenta que todavía había gente capaz de apreciarle y porque no éramos como el resto que se mofaban de él o los moteros que muchas noches le entraban al huerto para asustarle y destrozarle las escasas hortalizas que sembraba para su consumo. Ni como aquellos que iban allí a curiosear y burlarse como si fuera un personaje de comedia.

Se despidió de nosotros cantando, no sin antes enseñarnos el sepulcro que se había excavado en la roca. Había que verlo. Veinte años trabajando a pico y pala para que el día de su muerte fuese enterrado allí. Una enorme grieta abierta en la pared de la montaña.

Mis amigos ya no lo volvieron a ver. Yo fui a visitarle un año después por Navidad. Hacia mucho frío y llovía. La niebla ocultaba por completo la sierra de la Solana y apenas se podía distinguir la ermita. Salió a recibirnos con su hábito de franciscano, la barba larga y gris, y un paraguas con un gran agujero por el que se colaba el agua y le mojaba la cara. Se alegró de vernos. Comimos con él, bebimos vino y preparamos un café en el rando.

– Che! Café calent! Com pot ser que d’un aparatet tan xicotet eixca un café tan bo?

Romaguera volvió a llorar. Nos contó el drama de su vida, y el drama también de su vida interior. Fue jugador de fútbol y también albañil. Tuvo una novia a la que quiso, deambuló por Portugal y al final las circunstancias le convirtieron en mendigo. Dios le llamó -nos decía- y el demonio le tentaba. Llegó por casualidad a Benigànim donde le cedieron una parcela apartada en la montaña para construirse su ermita, y por fin allí, alcanzó la paz que nunca tuvo. Nos agradeció muy emocionado la visita en una tarde como aquella, en la que estar sólo te rasga el alma. La noche siguiente, Nochebuena, la pasaría con los pobres, más pobres y solos que él, bajo un puente cualquiera del cauce del Turia. Todos los años lo hacía, por fin le había reconocido como ermitaño, miembro de la Orden Franciscana.

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El hermano Romaguera nos causó una profunda impresión y caló en nosotros como nadie jamás lo había hecho. Desde la Edad Media, personajes como él, visionarios, eremitas, locos o mendigos en la búsqueda constante de la paz consigo mismos, se retiraban a lugares apartados en la soledad más absoluta para dedicar su vida a la contemplación. La oración y la meditación ocupaban la mayor parte de su tiempo, y el resto lo dedicaban al cuidado de pequeños huertos en las cercanías de alguna fuente para poder subsistir. Dormían en cuevas o aprovechando pequeñas construcciones de piedra seca a menudo levantadas por ellos mismos. Cuando algún noble se apiadaba de ellos, les cedía algunas tierras y allí fundaban un convento con otros ermitaños que seguían el mismo ejemplo y la misma forma de vida. Un milagro atribuido, una invención oportuna, una reliquia de algún santo y el lugar se convertía en centro de peregrinación. A veces, cuando la comunidad alcanzaba cierta importancia, el privilegio real o una bula papal hacía el resto. Y así se forjó la historia religiosa de nuestro país, desde las pequeñas ermitas perdidas en las montañas hasta el mismo camino de Santiago.

Romaguera representó para nosotros, en pleno siglo XXI, un personaje místico anclado en la Edad Media. Ni más ni menos lúcido que aquellos, ni más ni menos loco, simplemente que al nacer se equivocó de época. Encontrar a Romaguera no sólo fue como trasladarnos en atrás en el tiempo, la bici nos ha proporcionado esta satisfacción muchas veces en las aldeas y pueblos abandonados del interior, sino que nos permitió además conocer un ser humano excepcional, una persona dedicada íntegramente a hacer el bien, a velar por los demás, y a sufrir en silencio los problemas de la sociedad que tan mal le había tratado.

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El amor a la naturaleza y el respeto por la vida que tuvo el ermitaño han quedado en la Solana. Veinte años estuvo recogiendo bellotas en la umbría del Monduver que trasladaba, a pie y en sacos, a la sierra de la Solana para ir repoblándola poco a poco, hasta que la convirtió en un pequeño bosque. Y hubiera estado dispuesto a dar su vida para frenar los desmontes que se habían realizado con maquinaria pesada en el fondo del valle para transformarlo en naranjos. Defendió su montaña con uñas y dientes y tenía una visión de futuro y del mundo que dejaremos en herencia, muy por encima de los políticos de nuestra época.

Romaguera fue, para las pocas personas que le conocimos, el último ermitaño de los montes valencianos. Vivió en la solana de Serra de la Creu y se consideraba afortunado por tener frente a sus ojos al Benicadell. Formó parte inseparable de la montaña como lo fueron los masoveros, molineros y pastores a lo largo de la historia. Fue un testimonio humano y espiritual de la mágica y vital fascinación de un mundo de silencio y soledad, de un mundo rural que ha desaparecido y ya jamás volverá a recuperarse.

Texto y fotografías: José Manuel Almerich

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Categorías: Comunitat Valenciana, Excursiones, Nuestros protagonistas
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Comentarios

  1. 01 16 Febrero, 2015 | Llargo |

    Espectacular entrada Jose Manuel. Una delicia leerte siempre.

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