Otoño en les Rotes


Calas, nubes y oleaje. La belleza de un paisaje marcado por la historia y la geología.

A finales de agosto comienzan las tormentas en el litoral mediterráneo. A veces son de gran violencia, con precipitaciones intensas que suelen durar poco tiempo pero que descargan una gran cantidad de agua, en otras ocasiones son menos fuertes pero con mayor duración. Y a veces también, si el verano ha sido caluroso y el agua del mar ha alcanzado una temperatura por encima de los 24 grados, se puede originar la gota fría a causa de la elevada evaporación y rápido enfriamiento, que al quedar las nubes atrapadas en las capas superiores donde la temperatura es mucho más baja, el vapor pasa del estado gaseoso al estado líquido, o incluso sólido (hielo) en unos pocos minutos.

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A partir de este momento el verano ya ha finalizado y el tiempo no volverá a ser igual; cambia el estado de la mar, las playas se ensucian por las algas depositadas en la orilla y el oleaje se vuelve peligroso para el baño. Ha comenzado el otoño, y aunque puede haber días buenos y soleados, hasta las calmas de enero, no tendremos la transparencia y benevolencia con que nos deleita el Mediterráneo. Durante el otoño el cielo suele ser gris y las nubes abundantes, sobre todo si tenemos montañas muy cerca que casi alcanzan los mil metros. Las nubes provocadas por el vapor y empujadas por los vientos ascenderán rápido y cubrirán la práctica totalidad del Montgó.

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Ahora el paisaje adquiere tonos grisáceos no exentos de belleza. Estos días nos vienen a la mente historias de naufragios, galeras y tempestades, momentos difíciles para los navegantes que tendrán que luchar contra los elementos para seguir sus singladuras aún en las condiciones más adversas. Más de cien naufragios están documentados en las costas de Dénia, y en especial en les Rotes donde los fondos bajos de roca ponían en peligro la vida de los marineros si no conocían bien el litoral o si no disponían de cartas de navegación fiables. La abundancia de restos arqueológicos, barcos hundidos desde la época romana, e incluso anterior, atestiguan la peligrosidad de este tramo de costa entre la Marineta Cassiana y el difícil paso del Cabo de San Antonio.

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Los orígenes geológicos de este sector litoral a los pies del Montgó, se remontan a una antigua restinga tirreniense donde predominan los conglomerados y arcillas dispuestos en capas sucesivas. La orientación Norte y Noreste cerrando el golfo de Valencia, hace que los vientos predominantes tengan esta misma dirección y por ello son de mayor intensidad provocando un mayor oleaje. También las corrientes que erosionan las rocas modelan una costa baja y complicada, donde las capas arcillosas más frágiles son arrastradas dejando al descubierto los estratos calizos más duros que forman amplias plataformas litorales que se adentran en el mar o a veces quedan suspendidas sobre él como voladizos a punto de caer en cualquier momento.

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Cuando, como es el caso de la Cova Tallada, sobre las arcillas se disponen otras capas, generalmente de conglomerados, se forman profundas cavidades que al desplomarse se rompen en grandes losas y bloques que quedan parcialmente sumergidos. Por otro lado la erosión de estos conglomerados libera los guijarros que se acumulan en las pequeñas calas formando playas de cantos rodados.

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A partir de la cala de les Arenetes, la única de arena fina de todo el tramo de les Rotes, provocada por la acumulación de los sedimentos más finos, comienza un sector de costa agreste, de tipo acantilado, con una pendiente y altura progresiva que culmina en el Cabo de San Antonio, su punto más elevado. La erosión de este acantilado ha dejado al descubierto numerosas galerías kársticas situadas a diferentes niveles, que constituyen cuevas de profundidad variable que en algunos casos adquieren grandes dimensiones.

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Hasta finales de los años cincuenta los viñedos llegaban hasta la orilla del mar. Tan sólo basta observar fotos antiguas y las postales enviadas a otros países, en especial a Inglaterra por los primeros turistas, para darnos cuenta del cambio radical que han sufrido les Rotes. Lo que son ahora lujosos chalets eran, hasta hace unas décadas, tierras cuidadosamente trabajadas. Una rota era una parcela junto al mar, cultivada por sus propietarios y delimitada con muros de piedra. Tener una rota era, ya entonces un privilegio, sinónimo de disponer de un trozo de bancal donde plantar vides, olivos, frutales y en algunos casos almendros.

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Jamás se imaginaron aquellos colonos que su parcela podría alcanzar en una década, un valor muy superior al rendimiento de su trabajo durante toda su vida y la de sus ascendientes, sobre todo cuando en la partida de les Sorts, los lotes de tierra eran adjudicados por sorteo entre la tropa que acompañó a Jaime I y cuyo valor era casi nulo para la agricultura, porque eran las peores parcelas, pedregosas, sin agua y junto al mar, donde el salobre todo lo quemaba. A pesar de ello, el esfuerzo del campesino logró hacerla productiva, talando los árboles y limpiándola de matorrales, extrayendo las piedras del suelo y con ellas delimitando sus lindes con muros, escalonarla en terrazas, abonarla capazo a capazo, roturarla y plantarla para esperar los frutos, un trabajo duro y titánico que aprovecharían las siguientes generaciones.

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Les Rotes comienzan al final de la Marineta Cassiana y finalizan en la Punta del Español, a los pies de la Torre del Gerro. A partir de aquí y hasta la cala del Tango, también llamada del Pope en Jávea, la costa se torna escarpada e inaccesible, elevándose en abruptos acantilados hasta alcanzar los 162 m sobre el nivel del mar en el Cabo de San Antonio. La Marineta Cassiana, también llamada bahía de San Nicolás, toma el nombre de la propietaria de una parcela de gran extensión que se conocía como partida Cassiana-Palmir y cuya denominación data de 1818, un apellido frecuente en Dénia hasta mediados del siglo XIX.

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Una parte de esta costa albergó uno de los puertos más importantes del Mediterráneo durante la dominación islámica y contaba con una dársena de casi dos hectáreas y media con una bocana de 14 metros. Disponía de unos astilleros donde se construyeron las 125 naves con las que el rey Muyahid de Dénia inició la conquista de Baleares y Cerdeña. Siglos después, el ejército inglés aprovechó su accesibilidad para desembarcar en la ciudad y tomar el castillo en poder de los franceses durante la Guerra de la Independencia.

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En tierra, sobre el “Marge Roig” que rodea la bahía de la Marineta o de San Nicolás, está todavía en pie el cementerio de los ingleses, donde recibían sepultura los marineros protestantes que fallecían en naufragios durante la época de mayor esplendor económico de Dénia por la exportación de la uva transformada en pasa. En sus fondos marinos se encuentran abundantes restos de cerámica que constatan este pasado histórico, al igual que restos de ánforas y pecios romanos. En esta zona abunda también la Posidonia oceánica, una planta del Mediterráneo que forma extensas praderas en los fondos de arena y roca. Esta planta es una fuente de biodiversidad al constituir el hábitat para numerosas especies y además protegen las playas de la erosión, aportan gran cantidad de oxígeno y depuran el agua. La existencia de la posidonia es un claro indicativo del buen estado de la costa, y el hecho de ver tras un temporal las playas cubiertas de hojas de posidonia que ha sacado fuera el oleaje, es como el otoño en nuestros bosques, signo de riqueza biológica.

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La bahía de la Marineta Cassiana está delimitada por la escollera sur de la Marina Nova, puerto deportivo y centro de ocio con aire ibicenco, y por la escollera del Faralló, donde comienzan les Rotes. Dominada por el cerro de San Nicolás, donde se ubicaba el castillo de Olimbroi, las aguas de la bahía son someras y encalmadas, y a causa de una restringida comunicación con el mar abierto por los arrecifes calizos que en parte la cierran, tienen una composición hipersalina y una temperatura más cálida. Algunos años, durante las calmas de enero, el mar se retira y deja prácticamente seca la bahía. Biológicamente tiene también un gran valor porque fresan y crían multitud de peces, destacando la nacra, un molusco cuya concha es la más grande del Mediterráneo.

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El Teixidor, el Tossal de San Nicolás, el Faralló, La Raconá, la Punta del Sardo, donde naufragó la fragata Guadalupe, la Punta Negra, les Arenetes o barrancos como el de Santa Llucia, del tío Negre, de la Creu o el barranco de Malonda, que forman calas abiertas de aguas transparentes, son nombres propios para un paisaje de eterna belleza, donde se funde mar y montaña, y que el hombre lo hizo suyo desde hace más de dos mil años. Allí vivieron pescadores, colonos, agricultores, soldados, contrabandistas, piratas y náufragos que jamás quisieron volver a casa. También fue, tristemente, refugio de los últimos nazis ocultos por la dictadura.

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Tanto la Marineta Cassiana, como les Rotes, la Cova Tallada y el Cabo de San Antonio, forman parte de la Reserva Marítima del Cap de Sant Antoni, continuidad del imponente macizo del Montgó que, como un ciprés tumbado por el viento, se adentra en la profundidad del mar.

Texto y fotografías: José Manuel Almerich

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Categorías: Comunitat Valenciana
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José Manuel Almerich

José Manuel AlmerichEscritor, geógrafo y ciclista de montaña, José Manuel Almerich es un apasionado de la bicicleta por caminos forestales y divulgador por naturaleza del patrimonio rural valenciano. Viajero incansable, ha publicado [...]

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