Las Dueñas. Un viaje hacia el silencio


En 1963 las Dueñas quedaron totalmente abandonadas. Sus casas, su iglesia y sus techumbres se pudren en silencio en mitad de un sórdido paisaje de paredes caídas y tejados reventados, de ventanas que golpean y portones rotos donde las rejas hace años que fueron arrancadas. Recorrer en bici las montañas y pueblos vacíos que fueron frontera del antiguo Reino fue como volver atrás en el tiempo.

Hace tres años el Consell Valencià de Cultura nos publicó uno de los libros más apasionantes de nuestra trayectoria como escritores. Agotado y reeditado en tan sólo quince días, esta obra fue un homenaje a los pueblos sin nombre, a los hombres sin historia, al esfuerzo perdido de generaciones enteras. Durante la realización de aquel libro, “Pobles abandonats, els Paisatges de l’oblit” se me quedó una excursión pendiente, las Dueñas. Agustín me había hablado de ella. Siempre tuve aquel lugar como una premonición, como un viaje hacia el silencio. No lo incluimos en el libro por no pertenecer a las tierras del antiguo reino, aunque a decir verdad sus restos no pertenecen ya a tierra de nadie. Cuando tras varios meses de búsqueda encontré las Dueñas y pude ver el trágico escenario desde lo alto del último collado, un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo a pesar de la calima sofocante acrecentada por la fuerza del sol de montaña. Mis compañeros y yo nos quedamos paralizados frente al valle tratando de entender que pudo haber ocurrido allí. Como un campo después del combate y con la tierra yerma en pugna con la muerte, las Dueñas se divisaba desde lejos pegado a las laderas. Parecía un grito de angustia rodeado de resecas aliagas y matas de romero agotadas por la sed. No quiero ni pensar como serían los inviernos a los pies de Javalambre. Como se aferraría la niebla a las casas y a las calles, y como la humedad congelada velaría la escarcha haciendo invisible todo el pueblo. José, Juan y yo descendimos de las bicis y, tras cruzar el río, nos acercamos en silencio a las ruinas. Ni una palabra surge de nosotros. Parecemos fantasmas solitarios en mitad de la contienda, en medio del olvido y la desolación, absortos en un lugar donde el tiempo y la memoria se confunden. Los muros y las vigas de las casas parecen esqueletos descarnados que han quedado como supervivientes de una cruel y vandálica batalla. En 1963 las Dueñas quedaron totalmente abandonadas. Sus casas, su iglesia y sus techumbres se pudren en silencio en mitad de un sórdido paisaje de paredes caídas y tejados reventados, de ventanas que golpean y portones rotos donde las rejas hace años que fueron arrancadas. Las Dueñas es pueblo de edificios enteros arrodillados como penitentes frente al campanario, un pueblo donde los cerrojos oxidados ya no impiden el paso a los patios y corrales en los que la maleza y las ortigas profanan la memoria de los que allí vivieron. Las Dueñas son ahora un terrible y desolado cementerio. Nos marchamos cuanto antes. El acceso ha sido complicado y nos queda salir de allí. No es fácil. Una pista imposible nos obliga a cargar a los hombros las bicis y buscar, tras las cumbres de la sierra, el profundo cañón del río Arcos. Antes del descenso, ya de vuelta, nos encontramos a un pastor. – Yo fui el último habitante de las Dueñas –nos cuenta-. Cuando era pequeño vivían allí casi un centenar de familias. Había cura párroco, iglesia, farmacia, escuela y una oficina de correos. Ahora vivo en Arcos y mis hijos ya no quieren volver. En sus palabras detecto una actitud resignada, confusa. Parece sentirse culpable por haber nacido allí, por no haber tenido infancia y por no haberle dado a sus hijos más de lo que él mismo heredó de sus antepasados. – Yo cerré la iglesia por última vez. Nadie más volvió a entrar allí. Y vosotros ¿Cómo habéis podido subir por este camino? – No lo sé, pero aquí estamos. – Comed en casa Conrado. Tiene mala leche, pero cocina bien. Y así lo hicimos. Localizamos el camino sin el mapa, tan sólo con las indicaciones del pastor. Encontramos a Conrado y nos preparó sopa de cebolla y cordero al horno con ciruelas. Después visitamos las salinas que le dieron nombre a Arcos. En ellas todavía quedan las balsas donde evaporaban el agua de una fuente salada en el siglo XVIII. Las acequias de madera de sabina resisten fosilizadas, el paso del tiempo. La noria, las casas y la ermita también estaban sumidas en el abandono total. La historia de las salinas, al igual que las Dueñas no es sino el drama de muchos pueblos en su lucha por sobrevivir al despoblamiento y la desolación. En las Dueñas ya no queda más que la epopeya de unos hombres que, como el pastor, pugnaron con la miseria y el trabajo, cautivos de la incultura y la resignación. De la madera de los bosques se construyeron las vigas, yugos y arados que les permitieron la vida y hoy se pudren al sol. Y de los bosques desaparecidos salieron también los carros que les llevaron camino de la emigración.

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Categorías: Comunitat Valenciana, Excursiones, Lugares con encanto
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Comentarios

  1. 01 admin 27 julio, 2010 | comentarista |

    ¿Y dónde encontramos este lugar?

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  2. 02 admin 27 julio, 2010 | comentarista |

    Esta muy cerca de Arcos de las Salinas. En el mismo texto identifico el municipio al que pertenece esta aldea.
    Hay una pista forestal que te lleva directamente allí pero no es transitable con vehículos a motor. Tan sólo puedes acceder a pie o en bici.
    Saludos
    jm

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José Manuel Almerich

José Manuel AlmerichEscritor, geógrafo y ciclista de montaña, José Manuel Almerich es un apasionado de la bicicleta por caminos forestales y divulgador por naturaleza del patrimonio rural valenciano. Viajero incansable, ha publicado [...]

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