Hotel Isabel. Al otro lado del lago


El hotel Isabel es un refugio para ciclistas y punto de partida para innumerables excursiones por los alrededores de la Albufera. A la orilla opuesta del lago, su ubicación en Almussafes nos permitirá conocer la mayor zona húmeda de la Comunidad Valenciana de una forma diferente.

Mister Bratt entró por la puerta del hotel Isabel hace catorce años. Exactamente el día uno de enero de 1997. Era un ingeniero alemán, alto y elegante, inteligente, correcto y discreto en las conversaciones. Había llegado a España con un nuevo proyecto bajo el brazo: la creación del modelo Focus, un vehículo innovador que se fabricaría íntegramente en la factoría de Almussafes.

El Hotel Isabel todavía estaba en obras por lo que fue su primer cliente. Eligió la habitación 201. Hacía esquina con la calle San Vicente y era amplia, espaciosa y sobre todo, tenía buena luz.

– Seré cliente suyo –le dijo a Pilar, la gerente del hotel- me quedaré una larga temporada.

Y allí estuvo cinco años.

Bratt era un gran profesional; estudioso, responsable y diligente. Solía mantener reuniones de trabajo en el hall del hotel con bastante frecuencia. Hablaba poco, escuchaba mucho. Tras el desayuno descansaba hasta que se iba a la factoría y a la vuelta, por la tarde, sacaba su bici. Se cambiaba de ropa y se dedicaba a recorrer los caminos que cruzaban la marjal y rodeaban la Albufera de Valencia. Disfrutaba de un entorno en el que se consideraba un privilegiado.

Con Mr. Bratt, y gracias a él, vinieron muchos alemanes más, pero ya no de trabajo, sino a conocer la Albufera. A veces también hacían excursiones a pie, pero generalmente traían sus propias bicicletas. Bratt les había transmitido la pasión que sentía por el lago y la belleza de sus puestas de sol. Les hablaba del lago más grande de la península y del paisaje siempre cambiante de los campos de arroz. Cuando el agua los inundaba, parecía desplazarse milagrosamente sobre las aguas, cuando el grano despuntaba, el verde intenso rematado por el dorado de las espigas, le trasladaba a un país del lejano oriente. Como única referencia la “Muntanyeta dels Sants” envuelta por manantiales o “ullals” donde nace el agua que renueva, cuando las lluvias son generosas, la vida en la albufera.

Hoy el Hotel Isabel es un remanso de paz en el centro de Almussafes,  a la otra orilla del lago. Entre semana alberga a trabajadores de la factoría Ford y de otras empresas que están lejos de casa, pero los fines de semana se queda tranquilo. Y entonces se convierte en un excelente punto de partida para conocer el mayor parque natural de la Comunidad Valenciana y la segunda zona húmeda más importante de España después de Doñana. Rafael, su dueño, es pescador de raza. Le apasiona la pesca y el lago forma parte de su vida. Pilar gestiona el hotel con el mismo cariño y profesionalidad como cuando llegó, hace catorce años, el alto y elegante ingeniero alemán.

Al poco de entrar por la puerta, el hotel Isabel te produce una agradable sensación de paz y sosiego,  de haber estado antes allí y de estar, a pesar de todo, muy cerca de casa. El trato es familiar, sus habitaciones son discretas, sin lujos, pero con todo lo necesario para descansar de una jornada y pasar en calma, un fin de semana. Las columnas que decoran el interior del hotel están rematadas con azulejos pintados con las especies botánicas propias del lago, y a los pies de la escalera, se encuentra la escultura de un guerrero bereber que vuelve de cazar en el lago. A sus pies un pato y un ciervo cuelgan de sus ramales.

Desde el hotel Isabel se puede llegar al lago por el margen occidental, que es también el sector más desconocido de la Albufera. Es justo la ribera contraria al mar, la zona por la que se pone el sol y a la que cientos de visitantes dirigen sus cámaras fotográficas cuando la contemplan desde la gola del Puchol. Siguiendo la calle mayor saldremos de Almussafes por un camino vecinal hacia el Romaní. Inmediatamente nos integraremos en el parque dejando a nuestra derecha la estación del tren y siguiendo paralelos a las vías del ferrocarril. Pronto veremos un ullal, manantial de agua dulce, acondicionado y recuperado. Allí viven especies protegidas como el samaruc, endemismo propio de las tierras valencianas.

Desde ahí, entre campos de arroz y siguiendo la orientación lógica que nos ofrece el sentido común y el sentido cuadricular de los caminos, llegaremos al Palmar, visible siempre desde lejos. Doce kilómetros tranquilos y agradables que nos permitirán recorrer una parte importante del parque y ampliar nuestras rutas tanto hacia la Devesa como hacia la Muntanyeta dels Sants, ya en término de Sueca. No es fácil describir los itinerarios, ni tampoco necesario tener el track en GPS. Es más interesante dejarnos llevar por la intuición y perdernos entre los campos de arroz. Si la época coincide con la inundación, el paisaje se transforma en un inmenso mar y nos acerca al tamaño real de la Albufera antigua, aquella albufera que cantaban los árabes y describían los romanos cuando se podía llegar en barca desde Cullera hasta Valencia.

Si nos perdemos, no hará falta llamar al 112. Podemos seguir siempre el camino más ancho y preguntar a algún agricultor el camino más fácil. No siempre la bici de montaña es para hacer montaña. A veces, los paisajes horizontales nos ofrecen la calma y la visión que en otros lugares son inexistentes. Disfrutar de la Comunidad Valenciana en toda su extensión implica también acercarnos a las zonas litorales donde el paisaje a pesar de todo, se conserva primigenio. Las riberas de los ríos, los márgenes del lago, los humedales, los canales, y los caminos a veces inundados, convertirán nuestra estancia en el hotel Isabel en una experiencia inolvidable.

Porque si las montañas se mantienen puras y en relativo buen estado es por su inaccesibilidad, pero los paisajes litorales es por la constancia de aquellos hombres que se empeñaron en conservar a duras penas un entorno vivo que fue, para ellos, el único mundo conocido. Los pescadores del Palmar han mantenido las tradiciones, se opusieron históricamente a su colmatación y siguen sintiendo el lago como propio. A la Albufera de Valencia le dedicaremos más rutas, por supuesto. El paisaje lo merece pero también merece la pena circular sin más destino que dejarse llevar por la inercia, diluirse en el atardecer, integrarse en la llanura dilatada por la luz, especialmente cuando los campos están inundados de agua o cuando a principios del verano el arroz ha teñido los campos de verde. Porque esta es la mayor riqueza del lago, su cambio constante de color según la estacionalidad. Los campos podrán estar secos o cubiertos de agua, recién segados o tapizados de verde. Siempre vigilados por las miles de aves acuáticas que, poco antes del anochecer cubrirán el cielo en su retirada llenando el aire de sonidos.

Podemos completar este fascinante recorrido en bici con un paseo en barca, o bien pedirle a Tonet  o a Jaume que crucen el lago y nos lleven de vuelta desplegando, si el viento lo permite, la vela latina. Porque las tienen de tamaño suficiente para cargar un buen número de bicis y volver a los ciclistas a los puertos de Catarroja, Silla, el Palmar o la gola del Puchol.

Tener cerca de la ciudad un parque como la Albufera es un privilegio. Descubrirlo un verdadero placer. No hace falta ser alemán para impregnarse de sus puestas de sol o de sus atardeceres, aunque para Mr. Bratt fue un regalo inesperado cuando le destinaron a este rincón de España.

Nosotros, vecinos y visitantes también podemos aprovechar las infraestructuras que envuelven el parque natural aunque sea para pasar un fin de semana o salir unas horas por la tarde. Y entre ellas, además de los hoteles de la playa y los restaurantes del Palmar, está en el interior, el hotel Isabel; sencillo, familiar y amable, escondido entre las calles de Almussafes. Dispuesto a dar alojamiento y desayuno a todos los que deseen descubrir la Albufera de un modo diferente.

jM Almerich

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Categorías: Comunitat Valenciana, Lugares con encanto
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José Manuel Almerich

José Manuel AlmerichEscritor, geógrafo y ciclista de montaña, José Manuel Almerich es un apasionado de la bicicleta por caminos forestales y divulgador por naturaleza del patrimonio rural valenciano. Viajero incansable, ha publicado [...]

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